SIPTO

Aprendimos a comunicarnos a través de señas; de vez en cuando ella articulaba alguna palabra en francés, mientras tanto, yo aprendía a gran velocidad el árabe.
- ¡Sipto, atini mai! ¡Sipto, bueno e baba!
Recuerdo cómo permanecía horas sentada a sus pies mientras cocinaba. Recuerdo cómo me enseñaba a comer pepinos con concha, dátiles, pistachos y semillas de auyama. Recuerdo cuando me sacaba al balcón, me desnudaba y me metía en una pequeña bañera llena de agua fría; de alguna manera tenía que evitar que los 40 grados centígrados me deshidrataran a mí, su pequeña nieta americana.
Volví a verla 8 años después. Seguía siendo la misma viejecita menuda y coqueta. Ahora era mi hermanita la que se quedaba horas sentada a sus pies, la que sacaban al balcón para meterla en la bañera de agua fría, la que caminaba por toda la casa repitiendo como un lorito ¡Sipto, atini mai! Mientras tanto, yo recorría las calles de Alepo, tal y como si fuera una auténtica niña siria cristiana.
Ése fue el último viaje que hicimos en familia para ver a Sipto. Ésa fue la segunda y última vez que la vi. Recuerdo su tristísima expresión cuando nos despidió en el aeropuerto. Sipto nos amaba y yo no entendía porqué.
Hace un par de meses, veinte años después de aquel viaje llamaron para avisar que Sipto había muerto. Tenía ya 95 años.
No me lo han de creer, pero la extraño...
...tanto como si me hubiese quedado toda una vida sentada a sus pies.